Amplitud Viva

Textos

Estos textos exploran preguntas sobre la consciencia, la realidad y el propio ser. También abordan temas de la mística y del Advaita, sin convertirlos en una nueva enseñanza. El texto «El verdadero sí mismo» incluye una referencia a Ramana Maharshi.

La libertad de no saber

El saber nombra, distingue y establece relaciones. Pero cualquier conocimiento puede convertirse en un límite cuando se considera definitivo. Entonces, lo ya sabido determina lo que aún puede llegar a verse.

La certeza ofrece un punto de apoyo. Al mismo tiempo, puede atar a una respuesta cuya validez hace tiempo que ha dejado de examinarse. La respuesta permanece; la pregunta de la que surgió enmudece.

No saber no significa aquí desconocimiento ni renuncia al conocimiento. Significa reconocer que ninguna respuesta agota por completo aquello a lo que se refiere. Algo puede haberse comprendido sin que por ello quede cerrado.

Esta apertura no equivale a arbitrariedad. Una afirmación no se vuelve verdadera por el hecho de que falte certeza. Las razones conservan su peso y la experiencia, su importancia. Pero incluso una convicción fundamentada puede seguir siendo cuestionada.

La libertad de no saber reside en no tener que poseer una respuesta definitiva. Una pregunta abierta no tiene por qué responderse precipitadamente ni declararse imposible de responder. Puede permanecer abierta y llevar al pensamiento más allá de sus límites actuales.

El conocimiento no pierde por ello su valor. Pierde su carácter definitivo.

… porque lo verdadero ES.

La realidad no espera a ser comprendida. No se encuentra en un rincón oculto de la mente ni en un momento futuro en el que por fin todo haya sido reconocido.

Mediante el pensamiento se intenta acercarse a ella. Pero también ese intento sucede ya en ella. Incluso la idea de estar separado de ella no queda fuera de su presencia.

Puede pasar inadvertida mientras la atención está enteramente absorbida por los pensamientos. De ello no se desprende que el pensamiento deba desaparecer. Un pensamiento no oculta la realidad por su mera presencia. Él mismo forma parte de lo que aparece.

Sin embargo, puede atribuirse a los pensamientos la capacidad de expresar por completo el propio ser. Un recuerdo se convierte en «mi historia», una convicción en «mi verdad», un juicio en «Así soy». Lo pensado parece entonces determinar quién está ahí.

Pero los pensamientos no saben nada de sí mismos. También el pensamiento «yo» es percibido. Puede nombrar el propio ser, pero no conocerlo por el solo hecho de nombrarlo.

Ahí se abre la pregunta: ¿quién es consciente de todo ello?

Otra descripción puede ofrecer una respuesta. Pero esa respuesta vuelve a aparecer como pensamiento. La pregunta llega más hondo que la imagen que el pensamiento construye de la propia persona.

Por eso, el autoconocimiento no exige combatir el pensamiento. Exige permanecer con la pregunta y dirigir la atención al propio ser. No solo a lo que se sabe de uno mismo, sino a quien es consciente también de ese saber.

Puede surgir quietud sin que el silencio tenga que imponerse. Los pensamientos pueden estar presentes sin necesidad de seguir cada uno de ellos ni de aferrarse a él como una afirmación sobre la propia esencia.

La realidad no comienza donde termina el pensamiento. Ningún pensamiento la produce; ningún pensamiento la anula.

Incluso buscarla es ya posible en ella.

… porque lo verdadero ES.

Para comprender

«Realidad» se refiere aquí, en sentido espiritual, a lo fundamentalmente presente: aquello que no surge con una representación mental ni deja de ser cuando esta desaparece. La pregunta apunta así al fundamento de la existencia y, al mismo tiempo, al propio ser.

Concierne directamente a la vida humana. Lo que se considera «yo» influye en lo que parece amenazado, en lo que debe defenderse y en aquello a lo que se vincula la esperanza. Si el propio ser se identifica por completo con pensamientos, experiencias e imágenes de uno mismo que cambian, parece depender enteramente de ellos. El autoconocimiento pregunta si con eso ya está dicho todo lo que el ser humano es.

Esta indagación tiene una larga historia. La filosofía griega reflexionó sobre el ser, la apariencia y el cambio. En las Upanishads de la India aparecen preguntas sobre el sí mismo y el fundamento de la existencia. Ātman designa el sí mismo; Brahman, la realidad fundamental. En el Advaita se entiende que, en su esencia, no están separados; otras escuelas interpretan su relación de otra manera. Estos conceptos no son meros nombres de deidades personales. Forman parte de distintos intentos de comprender la existencia.

Estas tradiciones pueden ofrecer orientación. Sin embargo, la indagación propia no exige adoptarlas ni creer en dioses. Tampoco requiere un gurú, la pertenencia a una tradición, símbolos religiosos o ritos. Con ello no se niega el valor que puedan tener para algunas personas.

Tampoco se prescribe una práctica de meditación determinada. Eso no significa que el autoconocimiento suceda sin atención ni profundización. Requiere concentración, serenidad y disposición a permanecer con la propia experiencia, en lugar de juzgarla de inmediato o apartarse de ella.

Un entorno tranquilo y natural puede favorecer de manera importante esta atención. Un espacio silencioso, pocas distracciones y tiempo suficiente facilitan encontrar calma interior y adentrarse en la propia profundidad. El silencio exterior no sustituye esa disposición. Le da espacio.

La calma no es, sin embargo, un estado que deba alcanzarse por completo antes de que pueda comenzar el autoconocimiento. También la inquietud, las dudas y los pensamientos pueden percibirse. Lo decisivo es la disposición a atenderlos sin perderse en cada uno de sus movimientos.

La espiritualidad designa aquí esta indagación directa en el propio ser. Los conceptos pueden hacerla más comprensible y las reflexiones filosóficas pueden alentarla. No pueden sustituir la propia disposición a ella.

El término «espiritualidad» se utiliza en esta página para facilitar la comprensión. Designa aquí la atención al propio ser y su indagación directa. Esta posibilidad no está ligada a ningún nombre particular.

Lo mismo ocurre con «meditación». Aquí se refiere al recogimiento, a permanecer en silencio y a una atención profunda: no a una técnica prescrita ni a la promesa de poder adquirir un estado especial.

Cuando estos términos se vinculan principalmente con ofertas, métodos y promesas de éxito, puede perderse de vista lo sencillo que hay en ellos: la posibilidad de atender directamente a la propia experiencia. Esta página quiere dar espacio a esa posibilidad.

El cambio ES lo verdadero.

Lo que parece sólido no permanece inalterado. Toda forma existe bajo ciertas condiciones, se transforma y desaparece. Sin embargo, a menudo se considera que precisamente lo estable, tangible y medible es lo verdaderamente real. El cambio aparece entonces como algo que les sucede a las cosas después.

Pero ¿existe acaso algo que primero exista enteramente por sí mismo y solo después entre en el cambio?

No son cosas ya acabadas las que entran en transformación. En el cambio continuo surgen formas, permanecen durante un tiempo y vuelven a disolverse.

Tampoco el ser humano es en ello un objeto acabado. El cuerpo, las sensaciones, los pensamientos y las imágenes de uno mismo cambian. Fijar el propio ser en una de esas formas equivaldría a convertir un instante en la medida definitiva.

Aquí se habla de una experiencia, no solo de un pensamiento filosófico: el cambio y aquello que lo hace posible no están separados. El fundamento de la existencia no está detrás de las apariencias. Les es inherente y, sin embargo, no se agota en ninguna de ellas.

Por eso, «preceder» no significa ser anterior en el tiempo. Se refiere a lo siempre presente, sin lo cual no serían posibles ni la aparición ni la desaparición, ni el ser ni el no ser.

Ahí reside para mí el sentido de lo divino. No un ser junto a otros seres, ni un poder fuera de la existencia. Me refiero a esa realidad de la que nada puede estar separado.

Ya de adolescente dije en una conversación: «Que Dios exista o no, viene a ser lo mismo». No quería decir que la pregunta careciera de importancia. Quería decir que ni la afirmación ni la negación de Dios van más allá de esta realidad. Ambas son ya posibles en ella.

No es esta realidad la que decide si un concepto se mantiene. Más bien, todo concepto pierde su pretensión de abarcarla por completo, incluido el concepto de «Dios».

Eso es lo que quiero decir con lo verdaderamente divino.

Entre fronteras

Vivimos en la frontera entre lo que pensamos y lo que somos.

Entre la mente construida por el pensamiento y el espacio.

En el que todo sucede y aparece.

La consciencia está concentrada en la cabeza, como si allí se condensara. Ese es el estado habitual del ser humano.

Así, sigue con toda naturalidad a la mente construida por el pensamiento. Y esa mente crea una identidad personal: una vida inventada, una muerte inventada.

Existe otra posibilidad.

La consciencia no necesita esta personalización. En su naturaleza, en su esencia, está libre de concepto, imagen y tiempo. Es la libertad misma.

La consciencia puede hacerse consciente de su propia naturaleza: de su esencia, de sí misma.

Como esta naturaleza carece de forma, puede atravesar las limitaciones de la mente y volver a ser plenamente consciente de sí misma.

Pero ¿por qué puede decirse que carece de forma?

Es precisamente aquí donde comienza la experiencia viva. Tiene que vivirse.

En esa ausencia de forma, la consciencia atraviesa toda manifestación y se experimenta a sí misma como libre de todas las manifestaciones: no porque estas desaparezcan, sino porque no afectan a su libertad.

Consciencia libre.

No libre de pensamientos.
No libre porque ya no haya pensamientos.

Sino libre por naturaleza, haya o no pensamientos.

Para comprender

La libertad de la consciencia no significa: «Yo soy libre».

Significa que la consciencia no está ligada al yo que surge en el pensamiento. También ese yo, con sus deseos, intenciones y representaciones, aparece en la consciencia. No determina su esencia.

Por eso, la libertad no pertenece a una persona que la alcanza o la posee. Reside en la naturaleza de la consciencia misma.

Los pensamientos y los deseos pueden seguir apareciendo. La vida personal no tiene que desaparecer. Pero la consciencia no se agota en lo que se piensa y se vive como «yo».

Ahí reside la diferencia decisiva: no la libertad del yo, sino la libertad de la consciencia respecto al yo.

Amplitud Viva

Con Amplitud Viva, Josan abre un espacio de encuentro para quienes desean indagar en las preguntas fundamentales de la vida, la consciencia y el propio ser.

En el centro están el diálogo compartido, el silencio y la experiencia inmediata. Las preguntas pueden examinarse y las supuestas certezas cuestionarse, sin que de ello tenga que surgir una nueva enseñanza o un sistema de creencias.

No se trata de adoptar respuestas predeterminadas. Distintas tradiciones filosóficas, espirituales y religiosas pueden ofrecer inspiración y orientación, pero lo decisivo sigue siendo lo que realmente puede reconocerse y examinarse en la propia experiencia.

La belleza y la profundidad de esas tradiciones no residen solo en sus formas o en lo que han transmitido. También remiten a las personas que les dieron origen, las vivieron y volvieron a indagar en ellas una y otra vez.

Los encuentros se dirigen a quienes desean dedicar tiempo a ello, con independencia de que ya estén familiarizados con la meditación, la filosofía o la espiritualidad.

¿Qué es realmente real?

Pregunta: Hablas de nuestra naturaleza subyacente. ¿Qué quieres decir con ello?

Josan: Vivimos el mundo, pensamos y sentimos. Sabemos muchas cosas sobre nosotros y, aun así, podemos preguntarnos: ¿soy realmente lo que conozco de mí?

Con nuestra naturaleza subyacente me refiero a lo que ya somos antes de describirnos a través de nuestra historia, nuestras cualidades, experiencias e ideas sobre nosotros mismos.

Todo eso forma parte de nuestra vida humana y configura nuestra identidad personal. Pero ¿responde ya a la pregunta de qué somos, o, de forma aún más inmediata: quién soy realmente?

Pregunta: Pero ¿cómo puedo reconocer si lo que pienso sobre mí es realmente cierto?

Josan: Primero quiero subrayar que una pregunta así, muy profunda por su propia naturaleza, no debería tratarse superficialmente: ni por ti ni por mí. Toca un problema antiquísimo y exige una distinción de la que, en última instancia, solo se puede tomar verdadera consciencia en una experiencia propia y profunda. Con la forma de cuestionar que practicamos en esta conversación podemos acercarnos a ella, pero no podemos resolverla simplemente con el pensamiento.

Aun así, quisiera compartir algo contigo.

Ya en la experiencia cotidiana puedes distinguir entre lo que piensas sobre ti y lo que ya eres. Alguien puede decir: «Estoy de buen humor». Otra persona dice: «Soy una persona que, por lo general, tiene buen humor». No es lo mismo. Una cosa describe un estado pasajero; la otra, algo que una persona vive como una cualidad que ya le pertenece.

Lo que piensas sobre ti puede describir correctamente muchas cosas: tu historia, tu carácter, tus experiencias o la manera en que te vives en el mundo. Pero todo eso aún no responde a la pregunta de qué eres.

No se puede llegar al fondo de esa pregunta solo mediante la fuerza del pensamiento. Exige otra profundidad: una indagación inmediata en el propio ser.

Cuando dices «mis pensamientos, mis sentimientos, mis experiencias», puedes preguntarte: ¿quién o qué es ese «mi»? Pero tampoco esta pregunta debería seguir desarrollándose solo en la cabeza.

Por un momento, no intentes encontrar una respuesta.

Permanece en silencio, en profundidad, en amplitud.

La respuesta no tiene que aparecer como un pensamiento, no tiene que oírse en la cabeza ni siquiera manifestarse como un sentimiento. No tiene que haber ninguna respuesta.

De esta manera puedes indagar por ti mismo si lo que hasta ahora has tomado por ti mismo puede ser realmente el todo.

Pregunta: ¿Qué cambia con ello?

Josan: Exteriormente, al principio no tiene por qué cambiar nada. Los pensamientos y los sentimientos siguen ahí. Pero ya no tienen que decidir qué tomamos por nosotros mismos.

En ello puede surgir una libertad, una amplitud en la que también lo personal conserve su lugar sin tener que determinarlo todo.

Pregunta: ¿Tienen que desaparecer los pensamientos para ello?

Josan: No. El pensamiento no es un obstáculo en sí mismo. La estrechez aparece allí donde confundimos sus contenidos con nosotros mismos. También los pensamientos y los sentimientos pueden vivirse libremente.

Pregunta: Hablas de paz. ¿No es simplemente un sentimiento que vuelve a pasar?

Josan: Un sentimiento de paz viene y va. La paz de la que hablo no depende de cómo se sienta el instante presente.

Pregunta: ¿Y cómo es eso en medio de un conflicto, también en tu caso?

Josan: A veces resulta agotador, como para cualquier otra persona. Pero si quieres saber qué significa esta libertad, compararte conmigo no te ayudará. Solo puedes indagarlo en tu propia experiencia.

Pregunta: ¿Cómo comienza esa búsqueda?

Josan: Como ahora mismo. Ya estás en ella.

Pregunta: ¿Y cómo reconozco que este sí mismo no es otra idea surgida de mis experiencias?

Josan: Ahora llegamos a la cuestión de fondo.

Porque también la palabra «sí mismo» puede convertirse de nuevo en una idea si creemos que, con el concepto, ya hemos comprendido aquello a lo que se refiere.

Hasta dónde profundice cada persona en esta pregunta depende de ella misma. En este momento no quisiera decir más al respecto.

¿Dónde está el hogar de la amplitud?

¿Qué sabemos realmente?

Podemos describir cómo ocurre algo, reconocer relaciones y seguir afinando nuestro conocimiento. Pero saber cómo ocurre algo no tiene por qué significar saber qué es.

Entonces, ¿qué sabemos realmente y qué creemos ya saber?

Una explicación puede ser correcta y, aun así, no abarcar el todo. De las explicaciones surge conocimiento, del conocimiento certeza, y a veces dejamos de preguntar en cuanto una respuesta parece suficientemente convincente.

Certeza

Cuestionar no significa dudar de todo. También una certeza puede examinarse sin perder por ello su valor.

No se trata de rechazar el conocimiento, sino de mantener abierta la cuestión de si lo que sabemos es ya aquello que creemos saber. Una respuesta puede llevarnos más lejos, pero también puede cerrar una pregunta que todavía está lejos de haber sido explorada hasta el final.

No saber

Hay momentos en los que no saber no significa estar perdido. Estamos acostumbrados a mirar desde lo que ya conocemos.

¿Qué ocurre si, por un instante, no damos por supuesto nada de lo que creemos ya saber? No para rechazar lo conocido, sino para ver sin tener que encontrar de inmediato una respuesta.

¿Qué permanece?

¿Qué permanece si no damos nada por supuesto? No como un experimento mental, sino de manera inmediata.

¿Qué hay ahora, antes incluso de que lo nombremos o decidamos qué significa?

Esta pregunta no tiene que responderse de inmediato. Puede permanecer abierta.

Amplitud

Amplitud no significa que los pensamientos, los sentimientos o lo humano tengan que desaparecer. La estrechez no está necesariamente en lo que aparece, sino en la falta de libertad con la que se vive.

Nada tiene que desaparecer. Lo que es puede vivirse de manera liberada y libre.

Meditación

La amplitud no es un resultado de la meditación, y la meditación tampoco la produce.

Conviene que quede claro qué se entiende aquí por meditación: no se trata de acumular algo, alcanzar una meta o convertirse algún día en algo distinto a través de la práctica.

En realidad, se trata del movimiento contrario: de no tener que producir ni añadir nada y de no querer llegar primero a algún otro lugar. Así, la meditación puede convertirse en un espacio en el que nos encontramos con lo que ya es.

¿Dónde está el hogar de la amplitud?

La amplitud viva tiene su hogar allí donde se vive: en ti. Es lo que permanece cuando todo lo demás puede vivirse de manera liberada y libre.

Es el fundamento originario de tu meditación.

¿Dónde tiene su hogar la amplitud viva?

Siempre aquí.

El verdadero sí mismo

El concepto del verdadero sí mismo aparece en distintos contextos. La espiritualidad, la religión y la filosofía lo utilizan y lo describen de diferentes maneras.

Cuando aquí se habla del verdadero sí mismo, no se alude al yo personal que se desarrolla a lo largo de una vida y se va configurando a través de las experiencias, la educación, la cultura y las ideas que uno tiene de sí mismo.

Eso no significa que el yo personal carezca de importancia. Tiene su propia historia, sus condicionamientos y su configuración individual.

Podríamos analizar este yo, descomponerlo y seguir explicándolo cada vez más. Pero quizá con ello solo volveríamos a situarlo en el centro.

Casi como algunas religiones, que han hecho del diablo un objeto de atención tan constante que acaba pareciendo acechar en cada esquina.

No es eso lo que nos ocupa aquí. Volvamos la mirada hacia lo que ya es, antes de que todo eso se añada.

Antes de cualquier pensamiento, de cualquier idea sobre ti mismo, de todo lo que conoces de ti, ya tienes que ser.

Tienes que ser antes de poder pensar.
Tienes que ser antes de poder describirte.
Tienes que ser antes de poder decir: soy este o aquel.

Y lo que vale para el ser humano en lo pequeño conduce a la misma pregunta en lo grande:

¿Qué es el sí mismo de este todo?

¿Qué es, antes de que todo lo demás sea?
¿Antes de que haya espacio?
¿Antes de que haya tiempo?
¿Antes de que aparezca algo que llamamos mundo, vida, ser humano o universo?

Pero ¿qué ocurre si tampoco damos por supuestos el espacio y el tiempo?

Aquí tocamos aquello a lo que distintas tradiciones espirituales se refieren con el sí mismo, y de lo que también hablaba Ramana Maharshi.

El sí mismo no es un objeto.

No es algo que se encuentre frente a otra cosa.

Pero tampoco es la nada.

Porque tampoco la nada es lo último.

El sí mismo no está limitado al espacio y al tiempo. Y, sin embargo, es como espacio y como tiempo, en el espacio y en el tiempo; y también allí donde el espacio y el tiempo ya no pueden darse por supuestos.

No hay nada —absolutamente nada— que pueda estar fuera de este sí mismo.

En última instancia, el sí mismo no se puede explicar.

Cualquier explicación ya lo reduciría a lo que se puede decir de él.

Incluso la palabra «sí mismo» es un concepto de nuestra mente. No es aquello a lo que se refiere.

Por eso, lo que aquí se llama sí mismo no puede quedar recogido en una definición.

Quien quiera acercarse a este misterio tendrá que indagarlo por sí mismo.

Conocimiento de sí mismo

El sí mismo no es mi sí mismo. Es el único sí mismo.

No existe aquí mi verdadero sí mismo y allí el tuyo.

Existe EL SÍ MISMO.

Y nada de lo que aparece está fuera de él.

Lo que en nuestra vida cotidiana llamamos «yo» es la idea de un ser independiente y autónomo.

Yo pienso.
Yo decido.
Yo actúo.
Yo he hecho eso.
Yo sé eso.
Yo puedo hacerlo.

También aquí nos encontramos de nuevo con la dificultad de nuestros conceptos.

«Yo», «sí mismo» y también «Dios» son palabras. Ninguna de estas palabras es aquello a lo que se refiere.

Podríamos llamar Dios a lo que aquí se llama EL SÍ MISMO, siempre que con ello no nos refiramos a un ser superior fuera de nosotros.

También en el hinduismo encontramos concepciones de Dios que difieren sustancialmente de la idea, extendida en Occidente, de un Dios separado del mundo.

Por tanto, cuando aquí se habla de Dios, no se habla de un ser junto a otros seres.

Se alude a LO UNO.

Nada se encuentra frente a este Uno.

¿Dónde podría darse semejante separación?

No puedes separar el agua del hielo. El hielo es agua.

Y no puedes sacar una ola del mar y ponerla ante ti como algo independiente.

La ola no existe con independencia del mar. Es el mar en movimiento.

Del mismo modo que el viento no espera en algún lugar hasta empezar a soplar. El viento es el soplar mismo.

Nuestro lenguaje convierte fácilmente las manifestaciones en cosas independientes. Les damos un nombre —ola, viento, yo— y enseguida puede surgir la impresión de que detrás de ese nombre tiene que haber algo que exista por sí mismo.

Pero un nombre no crea una existencia independiente.

También el «yo» puede convertirse así en algo cuya existencia damos por sentada, sin seguir preguntándonos a qué se refiere realmente esa palabra.

Y ni siquiera puedes separarte de tu propia respiración.

Puedes decir:

Mi respiración.

Pero ¿cuán independiente es ese «mi»?

Retira la respiración y, con ella, desaparece muy pronto quien hace un momento afirmaba poseerla.

Lo propio no es lo separado.

El propio sí mismo no es un sí mismo privado.

Despertar

¿Quién despierta?

El yo no puede despertar. Porque el yo no es un ser independiente que pueda despertar.

Y detrás de ese yo tampoco se esconde un segundo sí mismo individual que algún día despierte.

No hay miles de millones de pequeños sí mismos verdaderos, uno de los cuales despierta mientras otro sigue dormido.

Existe EL SÍ MISMO.

¿Qué significa entonces hablar del despertar del sí mismo?

El sí mismo nunca ha cambiado.

Las posibilidades de la consciencia humana nos permiten observarnos, pensar sobre nosotros y referir nuestras experiencias a nosotros mismos.

Precisamente en ello se hace posible la identidad.

Y aquí debemos ser más precisos.

Hasta este punto, yo mismo he hablado una y otra vez del «yo» como si con ello se designara algo independiente. Esto corresponde a nuestro lenguaje habitual y permite entender, de entrada, de qué estamos hablando.

Pero precisamente ese lenguaje puede consolidar algo cuya independencia queríamos empezar por examinar.

Decimos:

Mi mente.
Mi consciencia.
Mi cuerpo.
Mis pensamientos.
Mi vida.

Pero ¿quién es ese «mi»?

También cuando decimos «el yo quiere», «el yo piensa» o «el yo se considera algo», ya le hemos atribuido una existencia independiente.

Pero el yo no afirma:

Yo soy yo.

El ser humano dice:

Yo soy yo.

Esa es una diferencia decisiva.

No hay en algún lugar dentro de nosotros un yo independiente que piense, quiera, decida y que, además, después se identifique consigo mismo.

Sin embargo, eso no significa que pensar, recordar, reaccionar o decidir no puedan desarrollar una dinámica propia.

Los pensamientos pueden surgir y continuar sin que los hayamos producido conscientemente. Los hábitos pueden actuar sin que los hayamos elegido en ese momento. Incluso un pensamiento que no queremos puede seguir su curso.

De esta dinámica propia no se desprende, sin embargo, un yo independiente y consciente que esté detrás de esos procesos y los lleve a cabo.

Lo que llamamos «yo» se ha convertido, más bien, en algo profundamente asumido como evidente, a lo que se refiere casi todo: mi experiencia, mis pensamientos, mi historia, mis decisiones, mi cuerpo, mi vida.

En ello se manifiesta la fuerza del condicionamiento.

Lo que una y otra vez se remite a ese único punto de referencia puede acabar pareciendo tan evidente que su realidad ya ni siquiera se pone en cuestión.

Por eso, no debemos otorgar al yo, mediante nuestro propio lenguaje, esa independencia cuya realidad estamos examinando.

La ilusión no consiste en que hubiera que eliminar de algún modo un yo que realmente existe.

La ilusión consiste en la independencia que le atribuimos.

En la consciencia del ser humano, ese yo puede convertirse en objeto de identificación.

El ser humano se identifica con él y acaba tomándolo por lo que él mismo es.

Puede liberarse de esa identificación.

No porque con ello desaparezca un yo.

Sino porque se revela que ese yo supuestamente independiente nunca fue lo que se creía que era.

Por eso, despertar no significa que el yo desaparezca y que el verdadero sí mismo ocupe su lugar.

Significa la liberación de la consciencia de la identificación con ese yo.

Lo que permanece nunca estuvo ausente.

EL SÍ MISMO.

Es EL SÍ MISMO el que aparece como ser humano, como vida y como consciencia.

Pero sus manifestaciones no se encuentran frente a él.

La manifestación no está separada del sí mismo. Es el sí mismo manifestándose.

Nada de lo que aparece puede estar fuera de aquello que aquí se llama EL SÍ MISMO.

Cuando cae la identificación con ese yo supuestamente independiente, «tú» ya no existes de la manera en que antes te tomabas por ti mismo.

Y, sin embargo, todo sigue siendo vivido por TI.

Desde fuera, todo puede parecer completamente igual.

Pero para ti ya nada es lo mismo.

¿Qué ocurrió?

Aquí ya no puedo hablar de manera teórica ni explicativa. Aquí tengo que compartir la experiencia misma de la forma más inmediata posible.

El cielo se abrió.

Y no lo digo solo en sentido figurado.

El espacio se volvió vivo.

Ya no era un lugar vacío en el que se colocan cosas y en el que transcurre la vida.

Él mismo estaba vivo.

Había algo íntimamente propio, eterno.

¿El Soham?
¿El yo soy?
¿La nada?
¿Lo eternamente prevalente?

No se puede.

No se puede expresar con palabras.

Y entonces mi mente quedó en silencio.

Un silencio aparentemente interminable, del que hasta entonces nada sabía.

Un silencio como quizá solo podría experimentarlo una estrella aún no nacida.

Un silencio como el de las aguas más profundas.

Un silencio como el de la vida misma, como si incluso los sonidos estuvieran acogidos en él.

Y, al mismo tiempo, libre.

Lleno de confianza.

Lleno de saber.

Y sin nada que hubiera que saber.

Lo que antes no sabía

Mucho de lo que hoy digo y escribo no lo sabía antes de aquel acontecimiento.

Las preguntas y los temas de los que aquí se trata no me eran ajenos. Me acompañaban desde hacía mucho tiempo.

Pero antes no habría podido beber de este pozo que desde entonces está presente para mí.

Este pozo me era por completo desconocido.

Y cuando ocurrió esta experiencia, no tenía a nadie con quien realmente pudiera situarla o descifrarla.

Siguieron años de grandes dudas.

No porque la experiencia no hubiera sido lo bastante intensa.

Sino porque una experiencia no trae consigo automáticamente su propia explicación.

¿Qué fue aquello?
¿Qué parte es experiencia?
¿Qué parte es interpretación?
¿Qué añado yo mismo?
¿Qué puedo decir realmente?

Tuve que ponerlo a prueba.

Pero durante todos esos años la experiencia misma nunca me abandonó.

Venían dudas. El dolor, la desesperación y nuevas preguntas podían entremezclarse. Pero lo que se había abierto en aquella experiencia seguía presente.

Seguía presente como un darse cuenta constante.

No como el recuerdo de algo que había ocurrido una vez, sino como algo que ya no podía separarse de mi vida.

Hoy también comprendo qué es lo que ha permanecido presente en ello.

No es algo que se añadiera a la vida.

Es la vida misma.

Es la esencia de lo vivo, la esencia del espacio, algo siempre presente que no se convierte a su vez en algo cambiante a través de las experiencias cambiantes.

No se puede hacer desaparecer mediante el pensamiento.

Pero tampoco se puede hacer aparecer mediante él.

Nadie puede producirlo con un pensamiento o un deseo.

Y precisamente por eso, hoy no tengo que fingir que no sé lo que he experimentado para seguir abierto.

La apertura no significa incertidumbre.

Una certeza puede ser cuestionada sin tener que convertirse por ello en una suposición.

El cuestionamiento no me quita la experiencia.

Y la experiencia no me quita la libertad de volver a examinar todo lo dicho.

Mucho de lo que hoy digo no lo sabía antes.

No se piensa primero para luego expresarlo con palabras.

En ello, para mí, la sabiduría se diferencia sustancialmente del pensamiento habitual.

No se anuncia.
No se piensa de antemano.
Está ahí.

A veces yo mismo me encuentro con lo que digo en el instante en que lo digo.

Por eso, lo que digo no es una invitación a creer.

Puedo decir:

Esto lo he experimentado.
Esto es lo que reconozco en ello.
De esto hablo.

Y todo eso puede ser cuestionado.

Más aún:

Puedes mirar por ti mismo.

Ni un cabello de separación

Cuando Meister Eckhart dice:

«El ojo con el que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve»,

para mí eso significa algo muy sencillo y, al mismo tiempo, casi inexpresable:

Ni un cabello de separación.

No yo aquí y Dios allí.

No mi consciencia y, detrás de ella, otra consciencia mayor.

No mi sí mismo y el sí mismo.

No lo Uno y, junto a ello, las muchas cosas.

Porque lo múltiple no se encuentra frente a lo Uno.

Nunca estuvo separado de ello.

A eso apunta para mí el concepto del verdadero sí mismo.

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La estrella quizá esté naciendo ahora.
Seguirá su curso,
y una larga estela la acompañará.

Y, llena de alegría, volverá a sumergirse
en el mismo silencio
del que ella…

ES.

Donde empieza la verdadera comprensión

Cuando una persona consigue mirar más allá de su forma habitual de percibirse a sí misma y al mundo, puede descubrir una realidad en la que todas las distinciones parecen desaparecer.

No hay un aquí ni un allí, ni un antes ni un después, ni un movimiento que lleve a ninguna parte. Y, sin embargo, Eso no es simplemente Nada.

En una experiencia o contemplación así puede surgir la certeza de que todo es un único y mismo ser, que no empieza aquí ni termina allí, sino que lo impregna todo.

Pero decir que ese ser ha existido desde siempre y existe en todo momento… ¿podría parecerle evidente a quien vive esa experiencia?

Sin embargo, ¡qué fácil es dejarse deslumbrar por un momento así! Una comprensión tan directa puede ser tan abrumadora que apenas se distingue entre lo que realmente se ha mostrado y lo que se ha deducido de ello.

Se puede reconocer que en todas las direcciones es el mismo ser, e incluso que no hay direcciones separadas unas de otras.

Pero ¿permite eso dar testimonio de lo que había antes de esa comprensión?

Mirar al pasado desde el ahora no es lo mismo que conocer el pasado en sí.

Quizá sea precisamente aquí donde se encuentra un malentendido que recorre muchas explicaciones filosóficas y místicas.

A partir de la experiencia de lo que está fuera del tiempo, se hace una afirmación sobre la eternidad.

Pero, en este contexto, eterno no significa necesariamente que dure un tiempo infinito.

Eterno es solo una forma de nombrar lo que está fuera del tiempo.

Cuando una persona consigue contemplar ese Uno, esa amplitud, esa no existencia que lo domina todo, ella misma se ha convertido en el elemento temporal, impregnada por ese mismo sí mismo. La conciencia vive su propia creación y desaparición, sin que haya en ello movimiento alguno.

Una contemplación eterna. Pero eterna solo porque el tiempo ya no tiene significado en ella.

Entonces podríamos preguntarnos quién percibe el surgir y desaparecer de la conciencia. ¿Quién queda cuando la conciencia desaparece? ¿Es Dios? ¿El verdadero sí mismo? ¿Una conciencia que lo abarca todo?

Es fácil encontrar respuestas así. Y quizá precisamente por eso convenga tomarlas con especial cautela.

Me vienen a la mente las palabras de Jesús: «Mi reino no es de este mundo».

Podemos explorar qué quiso decir con ellas. Pero sus palabras no tienen por qué servir para explicar algo que escapa a nuestra capacidad de explicación.

Solo sé esto: cuando Eso es, yo no soy. Ni aquí, ni allí, ni en ningún lugar.

Vuelvo como yo y sé de ello. Pero cuando eso es, entonces yo no soy.

Hay en esto una contradicción peculiar. El yo puede hablar de ello después, pero no puede dar testimonio de haber estado presente como yo durante la experiencia. Y, sin embargo, queda algo que no se puede descartar sin más como una fantasía.

¿Es al volver a la conciencia cuando nace el recuerdo? ¿Es ese regreso lo que da sentido a lo vivido? ¿O sucede aquí algo completamente distinto…?

La verdadera consecuencia de una comprensión así podría estar en no atribuirle más de lo que ella misma nos permite reconocer.

Pero ¿qué ocurriría si el ser humano lograra no solo contemplar ese Uno, sino ser él mismo ese Uno? No por un instante, ni dentro de una experiencia, ni tampoco durante un tiempo determinado, sino como ese mismo sí mismo.

Entonces el ser humano ya no experimenta su verdadero sí mismo, sino que lo es. Su verdadera naturaleza deja de ser objeto de una comprensión. Es su propio ser.

Ahí no hay tiempo ni ausencia de tiempo. El espacio, el cuerpo y todos los fenómenos ya no son algo que se encuentre frente a un sí mismo. Todo es ese único sí mismo en el que no se reconoce separación alguna, ni límite, ni principio, ni dirección, ni fin. Ningún yo participa en esa vivencia. El sí mismo es quien la vive.

Si el ser humano ha entrado en ese reino divino, entonces, como ser humano, se ha hecho ser y, como yo, ha dejado de ser.

Y si esto no es solo una experiencia pasajera, sino ser del que se ha cobrado conciencia de manera irrevocable, entonces quedan desarraigadas todas las ensoñaciones, todo sufrimiento y todas las dudas acerca de su verdadera naturaleza. No porque el ser humano haya encontrado una respuesta definitiva a la que ahora deba aferrarse, sino porque aquello que parecía separarlo de su propia naturaleza ya no existe.

Cuando el ser humano es esto de verdad, entonces y solo entonces todo se ha cumplido de una vez por todas. Todo parece haber encontrado de nuevo su lugar. El sueño de la separación ha terminado.

Solo ahora cabe hablar de lo que verdaderamente significa ser humano. Pues el cuerpo por sí solo no nos hace ser lo que en verdad somos. Tampoco la razón, ni siquiera la sabiduría, pueden llevar a cabo lo que puede este sí mismo más propio. Solo en este obrar divino se revela en el ser humano su verdadero sentido.

No es de extrañar que el ser humano sufra tanto en su supuesta separación. Vivir separado y, al mismo tiempo, intuir la propia naturaleza verdadera tiene que producir dolor. Pues lo que busca no le es ajeno. Es lo que él mismo es.

Josan