El concepto del verdadero sí mismo aparece en distintos contextos. La espiritualidad, la religión y la filosofía lo utilizan y lo describen de diferentes maneras.
Cuando aquí se habla del verdadero sí mismo, no se alude al yo personal que se desarrolla a lo largo de una vida y se va configurando a través de las experiencias, la educación, la cultura y las ideas que uno tiene de sí mismo.
Eso no significa que el yo personal carezca de importancia. Tiene su propia historia, sus condicionamientos y su configuración individual.
Podríamos analizar este yo, descomponerlo y seguir explicándolo cada vez más. Pero quizá con ello solo volveríamos a situarlo en el centro.
Casi como algunas religiones, que han hecho del diablo un objeto de atención tan constante que acaba pareciendo acechar en cada esquina.
No es eso lo que nos ocupa aquí. Volvamos la mirada hacia lo que ya es, antes de que todo eso se añada.
Antes de cualquier pensamiento, de cualquier idea sobre ti mismo, de todo lo que conoces de ti, ya tienes que ser.
Tienes que ser antes de poder pensar.
Tienes que ser antes de poder describirte.
Tienes que ser antes de poder decir: soy este o aquel.
Y lo que vale para el ser humano en lo pequeño conduce a la misma pregunta en lo grande:
¿Qué es el sí mismo de este todo?
¿Qué es, antes de que todo lo demás sea?
¿Antes de que haya espacio?
¿Antes de que haya tiempo?
¿Antes de que aparezca algo que llamamos mundo, vida, ser humano o universo?
Pero ¿qué ocurre si tampoco damos por supuestos el espacio y el tiempo?
Aquí tocamos aquello a lo que distintas tradiciones espirituales se refieren con el sí mismo, y de lo que también hablaba Ramana Maharshi.
El sí mismo no es un objeto.
No es algo que se encuentre frente a otra cosa.
Pero tampoco es la nada.
Porque tampoco la nada es lo último.
El sí mismo no está limitado al espacio y al tiempo. Y, sin embargo, es como espacio y como tiempo, en el espacio y en el tiempo; y también allí donde el espacio y el tiempo ya no pueden darse por supuestos.
No hay nada —absolutamente nada— que pueda estar fuera de este sí mismo.
En última instancia, el sí mismo no se puede explicar.
Cualquier explicación ya lo reduciría a lo que se puede decir de él.
Incluso la palabra «sí mismo» es un concepto de nuestra mente. No es aquello a lo que se refiere.
Por eso, lo que aquí se llama sí mismo no puede quedar recogido en una definición.
Quien quiera acercarse a este misterio tendrá que indagarlo por sí mismo.
Conocimiento de sí mismo
El sí mismo no es mi sí mismo. Es el único sí mismo.
No existe aquí mi verdadero sí mismo y allí el tuyo.
Existe EL SÍ MISMO.
Y nada de lo que aparece está fuera de él.
Lo que en nuestra vida cotidiana llamamos «yo» es la idea de un ser independiente y autónomo.
Yo pienso.
Yo decido.
Yo actúo.
Yo he hecho eso.
Yo sé eso.
Yo puedo hacerlo.
También aquí nos encontramos de nuevo con la dificultad de nuestros conceptos.
«Yo», «sí mismo» y también «Dios» son palabras. Ninguna de estas palabras es aquello a lo que se refiere.
Podríamos llamar Dios a lo que aquí se llama EL SÍ MISMO, siempre que con ello no nos refiramos a un ser superior fuera de nosotros.
También en el hinduismo encontramos concepciones de Dios que difieren sustancialmente de la idea, extendida en Occidente, de un Dios separado del mundo.
Por tanto, cuando aquí se habla de Dios, no se habla de un ser junto a otros seres.
Se alude a LO UNO.
Nada se encuentra frente a este Uno.
¿Dónde podría darse semejante separación?
No puedes separar el agua del hielo. El hielo es agua.
Y no puedes sacar una ola del mar y ponerla ante ti como algo independiente.
La ola no existe con independencia del mar. Es el mar en movimiento.
Del mismo modo que el viento no espera en algún lugar hasta empezar a soplar. El viento es el soplar mismo.
Nuestro lenguaje convierte fácilmente las manifestaciones en cosas independientes. Les damos un nombre —ola, viento, yo— y enseguida puede surgir la impresión de que detrás de ese nombre tiene que haber algo que exista por sí mismo.
Pero un nombre no crea una existencia independiente.
También el «yo» puede convertirse así en algo cuya existencia damos por sentada, sin seguir preguntándonos a qué se refiere realmente esa palabra.
Y ni siquiera puedes separarte de tu propia respiración.
Puedes decir:
Mi respiración.
Pero ¿cuán independiente es ese «mi»?
Retira la respiración y, con ella, desaparece muy pronto quien hace un momento afirmaba poseerla.
Lo propio no es lo separado.
El propio sí mismo no es un sí mismo privado.
Despertar
¿Quién despierta?
El yo no puede despertar. Porque el yo no es un ser independiente que pueda despertar.
Y detrás de ese yo tampoco se esconde un segundo sí mismo individual que algún día despierte.
No hay miles de millones de pequeños sí mismos verdaderos, uno de los cuales despierta mientras otro sigue dormido.
Existe EL SÍ MISMO.
¿Qué significa entonces hablar del despertar del sí mismo?
El sí mismo nunca ha cambiado.
Las posibilidades de la consciencia humana nos permiten observarnos, pensar sobre nosotros y referir nuestras experiencias a nosotros mismos.
Precisamente en ello se hace posible la identidad.
Y aquí debemos ser más precisos.
Hasta este punto, yo mismo he hablado una y otra vez del «yo» como si con ello se designara algo independiente. Esto corresponde a nuestro lenguaje habitual y permite entender, de entrada, de qué estamos hablando.
Pero precisamente ese lenguaje puede consolidar algo cuya independencia queríamos empezar por examinar.
Decimos:
Mi mente.
Mi consciencia.
Mi cuerpo.
Mis pensamientos.
Mi vida.
Pero ¿quién es ese «mi»?
También cuando decimos «el yo quiere», «el yo piensa» o «el yo se considera algo», ya le hemos atribuido una existencia independiente.
Pero el yo no afirma:
Yo soy yo.
El ser humano dice:
Yo soy yo.
Esa es una diferencia decisiva.
No hay en algún lugar dentro de nosotros un yo independiente que piense, quiera, decida y que, además, después se identifique consigo mismo.
Sin embargo, eso no significa que pensar, recordar, reaccionar o decidir no puedan desarrollar una dinámica propia.
Los pensamientos pueden surgir y continuar sin que los hayamos producido conscientemente. Los hábitos pueden actuar sin que los hayamos elegido en ese momento. Incluso un pensamiento que no queremos puede seguir su curso.
De esta dinámica propia no se desprende, sin embargo, un yo independiente y consciente que esté detrás de esos procesos y los lleve a cabo.
Lo que llamamos «yo» se ha convertido, más bien, en algo profundamente asumido como evidente, a lo que se refiere casi todo: mi experiencia, mis pensamientos, mi historia, mis decisiones, mi cuerpo, mi vida.
En ello se manifiesta la fuerza del condicionamiento.
Lo que una y otra vez se remite a ese único punto de referencia puede acabar pareciendo tan evidente que su realidad ya ni siquiera se pone en cuestión.
Por eso, no debemos otorgar al yo, mediante nuestro propio lenguaje, esa independencia cuya realidad estamos examinando.
La ilusión no consiste en que hubiera que eliminar de algún modo un yo que realmente existe.
La ilusión consiste en la independencia que le atribuimos.
En la consciencia del ser humano, ese yo puede convertirse en objeto de identificación.
El ser humano se identifica con él y acaba tomándolo por lo que él mismo es.
Puede liberarse de esa identificación.
No porque con ello desaparezca un yo.
Sino porque se revela que ese yo supuestamente independiente nunca fue lo que se creía que era.
Por eso, despertar no significa que el yo desaparezca y que el verdadero sí mismo ocupe su lugar.
Significa la liberación de la consciencia de la identificación con ese yo.
Lo que permanece nunca estuvo ausente.
EL SÍ MISMO.
Es EL SÍ MISMO el que aparece como ser humano, como vida y como consciencia.
Pero sus manifestaciones no se encuentran frente a él.
La manifestación no está separada del sí mismo. Es el sí mismo manifestándose.
Nada de lo que aparece puede estar fuera de aquello que aquí se llama EL SÍ MISMO.
Cuando cae la identificación con ese yo supuestamente independiente, «tú» ya no existes de la manera en que antes te tomabas por ti mismo.
Y, sin embargo, todo sigue siendo vivido por TI.
Desde fuera, todo puede parecer completamente igual.
Pero para ti ya nada es lo mismo.
¿Qué ocurrió?
Aquí ya no puedo hablar de manera teórica ni explicativa. Aquí tengo que compartir la experiencia misma de la forma más inmediata posible.
El cielo se abrió.
Y no lo digo solo en sentido figurado.
El espacio se volvió vivo.
Ya no era un lugar vacío en el que se colocan cosas y en el que transcurre la vida.
Él mismo estaba vivo.
Había algo íntimamente propio, eterno.
¿El Soham?
¿El yo soy?
¿La nada?
¿Lo eternamente prevalente?
No se puede.
No se puede expresar con palabras.
Y entonces mi mente quedó en silencio.
Un silencio aparentemente interminable, del que hasta entonces nada sabía.
Un silencio como quizá solo podría experimentarlo una estrella aún no nacida.
Un silencio como el de las aguas más profundas.
Un silencio como el de la vida misma, como si incluso los sonidos estuvieran acogidos en él.
Y, al mismo tiempo, libre.
Lleno de confianza.
Lleno de saber.
Y sin nada que hubiera que saber.
Lo que antes no sabía
Mucho de lo que hoy digo y escribo no lo sabía antes de aquel acontecimiento.
Las preguntas y los temas de los que aquí se trata no me eran ajenos. Me acompañaban desde hacía mucho tiempo.
Pero antes no habría podido beber de este pozo que desde entonces está presente para mí.
Este pozo me era por completo desconocido.
Y cuando ocurrió esta experiencia, no tenía a nadie con quien realmente pudiera situarla o descifrarla.
Siguieron años de grandes dudas.
No porque la experiencia no hubiera sido lo bastante intensa.
Sino porque una experiencia no trae consigo automáticamente su propia explicación.
¿Qué fue aquello?
¿Qué parte es experiencia?
¿Qué parte es interpretación?
¿Qué añado yo mismo?
¿Qué puedo decir realmente?
Tuve que ponerlo a prueba.
Pero durante todos esos años la experiencia misma nunca me abandonó.
Venían dudas. El dolor, la desesperación y nuevas preguntas podían entremezclarse. Pero lo que se había abierto en aquella experiencia seguía presente.
Seguía presente como un darse cuenta constante.
No como el recuerdo de algo que había ocurrido una vez, sino como algo que ya no podía separarse de mi vida.
Hoy también comprendo qué es lo que ha permanecido presente en ello.
No es algo que se añadiera a la vida.
Es la vida misma.
Es la esencia de lo vivo, la esencia del espacio, algo siempre presente que no se convierte a su vez en algo cambiante a través de las experiencias cambiantes.
No se puede hacer desaparecer mediante el pensamiento.
Pero tampoco se puede hacer aparecer mediante él.
Nadie puede producirlo con un pensamiento o un deseo.
Y precisamente por eso, hoy no tengo que fingir que no sé lo que he experimentado para seguir abierto.
La apertura no significa incertidumbre.
Una certeza puede ser cuestionada sin tener que convertirse por ello en una suposición.
El cuestionamiento no me quita la experiencia.
Y la experiencia no me quita la libertad de volver a examinar todo lo dicho.
Mucho de lo que hoy digo no lo sabía antes.
No se piensa primero para luego expresarlo con palabras.
En ello, para mí, la sabiduría se diferencia sustancialmente del pensamiento habitual.
No se anuncia.
No se piensa de antemano.
Está ahí.
A veces yo mismo me encuentro con lo que digo en el instante en que lo digo.
Por eso, lo que digo no es una invitación a creer.
Puedo decir:
Esto lo he experimentado.
Esto es lo que reconozco en ello.
De esto hablo.
Y todo eso puede ser cuestionado.
Más aún:
Puedes mirar por ti mismo.
Ni un cabello de separación
Cuando Meister Eckhart dice:
«El ojo con el que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve»,
para mí eso significa algo muy sencillo y, al mismo tiempo, casi inexpresable:
Ni un cabello de separación.
No yo aquí y Dios allí.
No mi consciencia y, detrás de ella, otra consciencia mayor.
No mi sí mismo y el sí mismo.
No lo Uno y, junto a ello, las muchas cosas.
Porque lo múltiple no se encuentra frente a lo Uno.
Nunca estuvo separado de ello.
A eso apunta para mí el concepto del verdadero sí mismo.
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La estrella quizá esté naciendo ahora.
Seguirá su curso,
y una larga estela la acompañará.
Y, llena de alegría, volverá a sumergirse
en el mismo silencio
del que ella…
ES.